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5 oct. 2012

Alejandro Sanz: “Quiero creer en el amor para siempre”

A los 43 años, el cantautor edita su noveno álbum, “La música no se toca”, que lo encuentra en un momento muy especial de su vida: murió su madre y formalizó un nuevo matrimonio. Una etapa del español llena de preguntas existenciales sobre Dios, la muerte y el amor. No importa que la memoria lo enchastre y lo deforme todo. Que el recuerdo sea una construcción, una intervención quirúrgica y hasta una invención. El se aferra a eso, que es lo único que ahora tiene, y trae un recuerdo como “el más cercano a la felicidad completa”: fines de los ‘60. En una mecedora María, su madre, le canta bajito “con amor de loba”. El la mira como embrujado y en ese pestañeo se la lleva para siempre.
Cuarenta y tantos años después, un infarto acaba de arrancarle a María, pero no “a toda esa música que venía de ella”. En pleno análisis del verbo perder , Alejandro Sanz, anda haciéndose preguntas existenciales por el mundo, mientras promociona La música no se toca , su noveno disco. “Hay que pasarle por encima a la tristeza y continuar. Pasa que me aparecieron demasiadas preguntas y no las puedo responder”, suelta en la opulencia roja del Hotel Faena.
¿Qué preguntas?
¿Qué hago aquí? ¿Para qué sirve la vida? ¿A dónde vamos? Esas preguntas que siempre nos hicimos en broma. Y cuando te las haces en serio, son jodidas.
Anda reflexivo Sánchez Pizarro -o Alejandro Magno tal como se bautizó pretenciosamente para su debut artístico 24 años atrás-. La primera vez que pisó Buenos Aires, el Puerto Madero al que le clava la suela era apenas una escenografía de Volver al futuro . “Caí en un hotel del centro, en una habitación tétrica que se pagaba en australes”, se ríe. El futuro, ya presente, fue generoso con él. Ahora es huésped de honor de un palacio en el que Charlotte Chantal Caniggia se pasea fresca fomentando la cultura del champein. El español, menos estridente, prefiere la pausa y la introspección y muestra más que un puñado de canas en esa cabeza que cumplió 43 años.
En la portada del disco estás como después de un naufragio, aferrado a lo que te queda, el piano...Y hasta decís en un tema, “Quedará la música cuando no haya a quien amar”. Para escribir, ¿El dolor te resulta más productivo?
No. Las recetas tienen que llevar un poco de todo. El dolor es fructífero, pero también la alegría. Escribir se alimenta de sensaciones. Pero no es un naufragio el de la portada, es una pelea con las aguas turbulentas con las que tiene que pelear la música. Y yo estoy ahí, como protegiendo, la música no se toca, rasguñanando, abrazando el piano...
¿Los años te pusieron más intenso en la escritura?
No. Yo escuchaba un disco antiguo mío y era muy intenso. Siempre he sido muy intenso. Sí me puse más exigente. Más metódico. Ahora me enfrento a la composición sabiendo cómo. Antes dejaba más librado a la improvisación. Cuando pasó lo de mi madre, algunos cosas no estaban escritas aún y yo no quería que el disco hablara de eso. Yo quería un homenaje, una oda a la música. Me gusta mucho el merodeo en la escritura. Me gusta irme por las ramas. Adornar lo que puede decirse sencillo, pero el adorno bien puesto.
Dicen algunos críticos que en este disco das “un paso de gigante”, que ahí están las mejores canciones de tu historia. ¿Tanto?
Quiero creer que hay un salto de calidad, pero en los discos se nota la calidad cuando pasan los años por encima de ellos. Hay discos que sobreviven al tiempo. Mi primer disco, 20 años después, tiene una sonoridad que resiste. Esto de las aguas turbulentas en la portada del disco nuevo, tiene su connotación musical. Hay homenajes a Los Beatles, a Queen, a sonidos de los ‘80, al pop, al rock.
¿Por qué ese juego de esconderte a veces en discos de otros artistas, firmando con seudónimo, como un fantasma?
Porque todo el mundo cuando hace ese tipo de colaboraciones se exhibe. Pero un disco es de quien lo hace. Además, si me pongo un nombre que no es el mío, no tengo que pedirle permiso a nadie. Y si lo que realmente quieren los músicos es mi música, ¿Qué importa mi nombre?
¿Te fascina la idea de volver a ser anónimo y no cargar con los prejuicios de nadie?
A todos nos gusta meternos detrás de la cortina a espiar. En mi último escondite, por ejemplo, toqué un solo de blues... Apaga el grabador y te digo.
¿Fue en el disco de Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina?
(Se ríe). Entonces no era tan escondite. Pero hay otros... secretos.
Uno compara a éste Sanz con el que pagaba en australes un hotelucho porteño en pleno ascenso musical y hay ruta recorrida, pero también “pasó la vida”: una mudanza a Miami, un divorcio, tres hijos (uno extramatrimonial, los tres de distintas mujeres), la muerte de su padre, y -éste año- un nuevo duelo, el de su madre, y un nuevo casamiento (con Raquel Perera). “Al formalizar le das cierta seguridad a los niños y está bien. No pasa nada, el compromiso real va más allá del matrimonio”, juzga mientras mueve los tatuajes de su brazo, trazos que para descifrarse necesitarían de un profesor de semiótica. ¿Que te hayas vuelto a casar habla de tu optimismo?
Quiero creer en el amor para siempre. Que hay determinados lugares a los que no llegas si no pasas antes por otros. En las relaciones hay paisajes que jamás vas a ver si no pasas antes por otros lugares. Si no me gusta, tendré que volver el puente por el que entré. Y si me gusta, hago ahí mi casita de piedra.
¿Y cómo se fomenta el amor y la familia cuando la vida transcurre en un avión, siempre llegando y dejando lugares?
Creo que en los tiempos que corren se puede dedicar el tiempo a lo que uno quiera. Ahora tengo una etapa de un año y medio afuera. Y me organizo para que cada dos meses, al menos, haya un espacio de una semana para vernos. Hay gente que todos los días vuelve a su casa y ve a sus hijos menos que yo. Me fui a hacer un crucero a Disney con ellos y ahí me gané un puntito para que no me metan en un asilo. (Se ríe).
Madrileño de raíces flamencas, ostenta más seguidores en Twitter que habitantes hay en Madrid (su cuenta superó los 7 millones). Odia que le pregunten por la crisis española y escribe un diario que “tal vez” alguna vez publique: “Es una biografía de emociones. Escribo sobre lo que me provocan determinadas situaciones. El recuerdo de mi madre meciéndome y cantándome. Sabes, mi madre María, mi padre, Jesús. ¡Y mis abuelos eran José y María!”, lanza la carcajada.
Todo muy bíblico. ¿Qué lugar ocupa, entonces, Dios?
Mis abuelos creían más en la Virgen que en Dios. Yo igual. La fe es una opción complicada. He visto a Juan Luis Guerra en un avión que parecía caerse y le digo, Tú que tienes contacto con el jefe, habla . Y el tipo muy tranquilo me dice, Ya le he hablado. Me dijo ‘Marcos 4.40. ¿Por qué temes? ¿No tienes fe?’ Ellos se entregan a la muerte de otra forma. Y yo tengo que luchar contra mi cabeza que dice constantemente que Dios no existe.
Hace un año dijiste que atravesabas una tormenta de arena. ¿Hoy?
Estoy como en la portada del disco. Como llegar a la orilla. Estoy recolectando lo que queda de la tormenta. No hubo naufragio. Perdí y rescaté. Y quedó el piano.